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    “Su mayor logro no fue ganar, fue mostrarle al mundo que cualquier cosa es posible cuando sigues tus sueños”     
         
       
         
         
       
    Nunca desmayes antes los desafíos de esta vida, Levántate y dispone tu vida para un nuevo día.     
         
       
         
         
       
    Jesús nos conoce individualmente, y se conmueve por el sentimiento de nuestras flaquezas. Nos conoce a todos por nombre.     
         
       
         
         
       
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martes, 13 de marzo de 2012

TEMAS VIDEOS Y REFLEXIONES PARA LAS MUJERES




NUNCA DEJEMOS DE ESPERAR EN EL SEÑOR

No temas, porque yo estoy contigo; no desmayes, porque yo soy tu Dios que te esfuerzo; siempre te ayudaré, siempre te sustentaré con la diestra de mi justicia (Isaías 41:10).

Obtuve mi licenciatura en una universidad pública. El mayor desafío para avanzar de un semestre a otro consistía en aprobar los exámenes finales, que por lo general se realizaban los sábados. Mis compañeros de clase se habían solidarizado conmigo y se resistían a rendir exámenes en sábado. Sin embargo, lejos de conmoverse por este hecho, un profesor decidió que todos los exámenes de su materia se llevarían a cabo en sábado, sin opción a cambio. Mis compañeros ya no pudieron seguir apoyándome, ya que se verían afectados. Hablé con el profesor, pero me dijo que las preferencias religiosas de sus alumnos no eran más importantes que los exámenes finales.
Nunca había asistido a un examen en sábado, por lo que oré y le pedí a Dios que me ayudara de alguna manera para no tener que hacerlo. La primera vez reprobé la materia por haberme ausentado, y lo mismo sucedió en una segunda y una tercera oportunidades. La cuarta vez también tendría el examen un sábado, y si reprobaba sería suspendida durante un semestre. Me sentí triste porque no podía darme el lujo de perder un semestre. Llegó el día temido y no acudí a presentar el examen; temí las consecuencias que tendría que afrontar.
El lunes siguiente consulté a mis compañeros respecto al examen y me dijeron que el profesor no había acudido porque había dejado de trabajar en la institución. Otro profesor haría el examen durante la semana. Presenté el examen y finalmente pude aprobar la materia.
No tengo palabras para agradecer la misericordia de Dios, aunque sí puedo testificar que a través de la vida he comprobado cómo ha resuelto cada situación que me ha afectado, por más difícil que me hubiera parecido en su momento.
El versículo de esta mañana es uno de mis favoritos, porque me ayuda a recordar que Dios tiene el control de todo lo que sucede en el mundo, y que lo único que debemos hacer es confiar plenamente en sus promesas. Entonces, él obrará de acuerdo con lo que sea más conveniente para nosotros. Agradezco de todo corazón a Dios por ello.






















CLAMA AL SEÑOR

Y entró espíritu en ellos, y vivieron se pusieron en pie (Ezequiel37: 10).

Una de las acepciones de la palabra «clamar» que recoge el Diccionario de la Real Academia es: «Manifestar necesidad de algo». Y yo te pregunto esta mañana: ¿Cuándo fue la última vez que le manifestaste a Dios con vehemencia alguna necesidad?
¡Todos tenemos numerosas y diferentes necesidades! Quizá pensemos que únicamente debemos clamar a Dios cuando un miembro de nuestra familia cae enfermo de gravedad, cuando sufrimos un terrible revés económico, o cuando atravesamos una situación angustiante.
Querida amiga, contamos con muchas promesas. Una de ellas nos dice: «Claman los justos y Jehová los oye» (Sal 34:17). Dicho de otra forma: los justos manifiestan sus necesidades y Dios los oye. ¿Por qué no clamar con vehemencia al Señor por otras cosas que hasta aquí no hemos sentido el deseo de presentárselas? A lo mejor actuamos así a causa de la pobreza de nuestra vida espiritual, que nos despierta escasos deseos de orar o de servirle; a la falta de interés en el crecimiento espiritual o en desarrollar una relación con nuestro Padre que nos llene de vida, de esperanza y de poder.
No abriguemos dudas respecto a si Jesús encontrará fe en nosotros a su regreso. Tampoco si tendremos las fuerzas que necesitamos para permanecer firmes en el tiempo de angustia, o si nuestros pies pisarán las calles de oro de la Santa ciudad. Ya que tenemos a mano el gran recurso de la oración, alcemos nuestras voces ante el Señor hoy mismo, pues se nos promete que él nos oirá. Clamemos para que los sequedales de nuestras vidas reverdezcan; para que en nuestros corazones corran ríos de aguas vivas; para que nuestros huesos secos se llenen de carne y se cubran de piel.
Ojalá que el Señor ponga aliento de vida en nosotras, ya que él puede abrir cualquier sepulcro espiritual y resucitarnos, ¡dotándonos de su Espíritu para que vivamos!









El Espíritu nos ayuda en nuestra debilidad (Romanos 8:26).

Como cristianos nos toca desarrollar, enriquecer y mejorar nuestro carácter. Lamentablemente vivimos en una sociedad en la que el tiempo es un factor limitante para algunos. La mayor parte del mismo se emplea en las tareas del hogar, en la escuela, en el trabajo, con los amigos o en mejorar la apariencia personal. Y no digo que nada de eso sea malo, el problema es que dichas actividades llegan a ocupar el lugar más importante de nuestras vidas.
Elena G. de White afirma que «el carácter es el único tesoro que llevaremos al mundo venidero» (Reflejemos a Jesús p. 290). La formación del carácter se logra mediante un esfuerzo perseverante e incansable. Recordemos que lo que pensamos influye en nuestros sentimientos, y que estos luego nos llevarán a actuar en determinada forma. Por su parte, las acciones que se repiten tienden a convertirse en hábitos y un conjunto de ellos es lo que determina el carácter.
La tristeza, los problemas, el desánimo, la crítica, la ira, el orgullo, el egoísmo, la codicia, ingerir alimentos chatarra, acudir a lugares inapropiados, leer y escuchar cosas obscenas, todo ello tiene un efecto negativo sobre nosotros. No podemos engañarnos: lo que pensamos, vemos, comemos y hacemos es lo que somos y lo que definitivamente vamos a exteriorizar.
A todos nos incumbe cultivar el buen ánimo en vez de rumiar nuestros defectos, dificultades, tristezas y fracasos. «Nadie diga "no puedo remediar mis defectos de carácter". Si llegas a esta conclusión, dejaréis ciertamente de obtener la vida eterna». «Pueden existir defectos notables en el carácter de una persona, pero cuando llega a ser verdaderamente discípulo de Cristo, el poder de la gracia divina lo transforma y santifica» (Reflejemos a Jesús, pp. 291, 86).
Amiga, afortunadamente la ayuda está a nuestro alcance. Dios promete que nos ayudará en nuestra debilidad. Pidamos el socorro divino y plantemos buenas semillas en nuestra mente mediante el hábito de la lectura de la Palabra de Dios y la oración. Únicamente así podremos obrar con poder y sabiduría.
Amado Padre, permite que pueda tener un carácter sólido, lomudo a la semejanza divina.













LA VIDA ES MARAVILLOSA

En su mano está el alma de todo viviente y el hálito de todo el género humano (Job 12:10).

Un día, mientras estaba conectada a Internet, encontré el mensaje de una amiga que hacía tiempo no saludaba. El título de su comunicación era: «La vida es aburrida».
Había conocido a mi amiga en la universidad. Para ese tiempo yo era una chica alegre y jovial. Sin embargo, me impresionó el triste concepto que ella tenía de la vida. Parecía una persona aburrida y amargada. Después de conocerla me di cuenta de que había perdido su fe y se había alejado de Dios. No estaba asistiendo a la iglesia, había dejado de tener comunión con el Señor y como resultado había perdido las ganas de vivir.
Me preguntaba qué podría hacer para ayudar a mi amiga a despojarse de aquellas ideas. Decidí establecer una buena comunicación con ella a través de mensajes de correo electrónico. Un día, mientras oraba buscando al Señor, me vino a la mente el versículo de esta mañana: «En su mano está el alma de todo viviente y el hálito de todo el género humano». No tengo la menor duda de que Dios me hizo pensar en dicho texto para que entendiera el secreto de la vida. Al saber que el Señor nos tiene en sus manos, nuestra vida adquiere un significado diferente. Elena G. de White nos dice: «Mejorar las oportunidades del presente, con corazones prontos y dispuestos, es la única manera de crecer en gracia y en el conocimiento de la verdad. Siempre debiéramos albergar la impresión de que, individualmente, estamos de pie frente al Señor de los ejércitos; no debiéramos permitir que ni una palabra, ni un acto, ni un pensamiento ofendan el ojo del Eterno [...]. Si sintiéramos que en todo lugar somos siervos del Altísimo, seríamos más circunspectos; toda nuestra vida tendría para nosotros un significado y una santidad que los honores terrenales no pueden dar» (La maravillosa grada de Dios, p. 205).
Realmente estar vivo es algo maravilloso, y lo es aún más cuando Dios es nuestro guía. Como hijas de Dios deberíamos vivir de tal forma que los demás se contagien con ese mismo gozo. Sería incoherente de nuestra parte que, siendo cristianas, fuéramos por la vida desmotivadas, quejándonos y lamentándonos, con rostros tristes. Hagamos nuestras las palabras del apóstol Pablo: «Regocijaos en el Señor siempre. Otra vez digo: ¡Regocijaos!» (Fil. 4:4).
















LEVÁNTATE Y ANDA

Pedro dijo: «No tengo plata, ni oro, pero lo que tengo te doy: en el nombre de Jesucristo de Nazaret, levántate y anda» (Hechos 3:6).

El crecimiento físico de un bebé es progresivo. Algunos logran caminar alrededor de los once meses; sin embargo, al principio su paso será lento e inseguro hasta que adquieran suficiente confianza y fortaleza. Cuando mi hija mayor estaba aprendiendo a caminar yo le permitía que se apoyara en mis manos. Debido a que sus piernas no tenían las fuerzas necesarias se caía fácilmente, por lo que yo la tomaba de la mano y le mostraba algún objeto de color o que hiciera ruido. Luego ella se volvía a levantar para continuar con su práctica. Repetimos el mismo proceso muchas veces, hasta que aprendió a caminar sin dificultad. Aquella actividad implicaba sufrir constantes caídas, pero yo la animaba diciendo: «Levántate y anda».

Eso mismo experimenté al comienzo de mi vida espiritual cuando intentaba caminar por la senda cristiana. Espiritualmente yo era una persona paralítica: aun cuando deseaba acudir a Cristo, no tenía a nadie que me llevara. Algunas amistades me invitaron a sus iglesias, pero no tenían el poder para que yo me levantara del lugar donde me encontraba. Cuando leía las Sagradas Escrituras iba encontrando principios que aquellos grupos no practicaban y en más de una ocasión dejé de asistir a la iglesia que estaba visitando. Hasta que una noche lloré amargamente y le dije a Dios en oración: «Yo quiero caminar contigo y ser una cristiana de verdad, pero sola no puedo hacerlo». El Señor me contestó: «¡Levántate y anda!, desde hoy caminarás libremente y predicarás este mensaje de salvación».

Pude escuchar la voz de Jesús, y su poder me levantó. Aunque me sentía sola, sabía que existía un Dios, así que lo busqué; sin embargo, él me encontró primero. Me olvidé de mis amigos, seguí a Jesús y él reafirmó mis pies y me indicó su camino. Envió a uno de sus siervos, que me invitó a asistir a la Iglesia Adventista.

Dios desea que nos pongamos en pie y que anunciemos las buenas nuevas de salvación. No permanezcamos estáticas como una planta que no puede trasladarse de un lugar a otro. A la luz de la Palabra del Señor tú también ¡puedes aprender a caminar con él!

Toma de Meditaciones Matutinas para la mujer
Una cita especial
Textos compilados por Edilma de Balboa
Por Nolvia de Trujillo es de Guatemala





























































NUESTRA ESPERANZA ES JESÚS

Tampoco queremos, hermanos, que ignoréis acerca de los que duermen, para que no os entristezcáis como los otros que no tienen esperanza (1 Tesalonicenses 4:13).

Alguna vez hayamos llegado a un funeral sin saber que decir a los dolientes. Algo parecido me sucedió en cierta ocasión. En un lamentable accidente murieron una madre y sus dos hijas; una de ocho años y otra de cinco. La madre me había comprado un libro sobre el control del estrés, y con aquella compra había recibido como obsequio un folleto de «La fe de Jesús». Para mi sorpresa, cuando asistí al sepelio la abuela de las niñas, a quien yo no conocía, me abrazó y me agradeció por el obsequio que le había hecho a su hija. Ella me dijo que estaba convencida de que su hija y sus nietas dormían el sueño de la muerte y que Jesús las resucitaría en el momento de su segunda venida.

Una de las razones por las que trabajo como colportora es que he visto cómo, gracias a la influencia de los libros, las personas son tocadas por el Espíritu Santo y cómo, en momentos de dificultad, recuerdan lo que han leído en ellos.

Después de algunos días aquella misma señora apareció en mi consultorio, pidiéndome que por favor la ayudara a estudiar el pequeño folleto que hablaba de la fe de Jesús que yo le había obsequiado a su hija seis meses antes del fatal accidente. Acepté de inmediato, y esa misma tarde comencé a estudiar con aquella familia.

«Todos los que han recibido la luz sobre estos asuntos deben dar testimonio de las grandes verdades que Dios les ha confiado. [...] Y es de la mayor importancia que todos investiguen a fondo estos asuntos, y que estén siempre prontos a dar respuesta a todo aquel que les pidiere razón de la esperanza que hay en ellos» (El Conflicto de los Siglos, cap. 27, p. 479).
Mi hermana, ¿qué estás haciendo por aquellos que no tienen esperanza? Te invito a que le hables a tu vecino, a tu amigo, al de la tienda. Regálale o véndele una revista, un libro y, a ser posible, una Biblia.

Padre, te ruego de todo corazón que ayudes a cada una de mis hermanas a asumir la misión de compartir tu verdad con los demás. Danos más amor por las almas.

Toma de Meditaciones Matutinas para la mujer
Una cita especial
Textos compilados por Edilma de Balboa
Por Mayté Álvarez Jiménez es médico de familia. Está casada y tiene dos hijos. Escribe desde Guadalajara, México.









EVITA LA SORDERA

Mi Dios los desechará porque ellos no lo oyeron, y andarán errantes entre las naciones. (Oseas 9:17).

Hace algunos meses sufrí una infección de oídos que me impedía oír bién. Al leer el versículo de hoy he pensado que muchas veces el pueblo de Dios también ha sufrido de algún trastorno de los oídos.
El Señor nos habla una y otra vez en forma paciente. Sin embargo seguimos prestando oídos sordos a sus palabras y no escuchamos su voz. Dios desecha a quienes no lo escuchan, aunque él no abandona a nadie, a menos que sea uno quien lo abandone a él para seguir sus propios caminos.
A lo largo de la historia encontramos que muchas personas desoyeron las amonestaciones divinas. Si comenzamos por Adán y Eva comprobaremos que algunos personajes cedieron ante las costumbres del mundo que los rodeaba, dejando de escuchar la voz de Dios.
Salomón fue un rey que recibió de Dios la sabiduría que había pedido, así como riquezas y honores. Sin embargo, se llenó de orgullo para luego ceder a las tentaciones que llegan de la mano de la prosperidad económica. Cerró sus oídos a las amonestaciones del Señor y se entregó a los placeres del mundo, olvidándose de Dios por algún tiempo. (ver 1 Rey. 11:1-8).
El rey Ezequías fue un fiel siervo de Dios que en cierto momento sufrió una grave enfermedad. Tras orar, el Señor le concedió quince años más de vida. Pero su corazón se llenó de vanidad. Dios envió a varios mensajeros desde Babilonia para que escucharan el testimonio de su milagrosa curación, sin embargo, Ezequías únicamente les enseñó sus posesiones, sin mencionar lo que Dios había hecho por él. (Ver 1 Rey 18-20).
Estas experiencias sirven de advertencia para nosotras, que muchas veces cerramos nuestros oídos para no escuchar al Señor. Satanás sabe lo que debe hacer para que caigamos en sus engaños y para que dejemos de cumplir la voluntad de Dios. Procuremos no caer en las trampas del maligno, evitando que nos cieguen y ensordezcan las cosas materiales que hay a nuestro alrededor. Pongamos nuestros ojos en Cristo. Abramos nuestros oídos y nuestros corazones a sus divinas enseñanzas y sigamos el camino que él nos ha trazado mediante su muerte en la cruz.
Hermana, la decisión es nuestra. Sin embargo, yo haré mías las palabras de Josué: «Yo y mi casa seguiremos a Jehová»











EN LAS COSAS PEQUEÑAS

Pacientemente esperé a Jehová, y se inclinó a mí y oyó mi clamor. (Salmo 40:1)

Siempre he sido un poco despistada y hay ocasiones en que no recuerdo dónde dejó las cosas. Un sábado por la mañana llegué a la iglesia temprano, como de costumbre, ya que mi padre nos enseñó que debemos llegar a tiempo a la casa de Dios. Sin embargo, aquel sábado llegamos más temprano de lo habitual. Me bajé del auto sosteniendo en las manos mi Biblia, un himnario, unos papeles, unos discos compactos y mi celular. Esa fue una de las pocas ocasiones en que no llevaba cartera. Como aún no habían llegado muchos hermanos, dejé las cosas que llevaba en las manos en la última banca, mientras salía a colocar un anuncio.
Al regresar tomé mis pertenencias y me dirigí al frente para sentarme. De pronto me di cuenta de que no tenía conmigo el celular, así que comencé a buscarlo por todas partes. Fui a la banca de atrás con la esperanza de hallarlo, pero no estaba allí. Lo busqué en las demás bancas, pero nada. Los hermanos iban llegando y no aparecía mi teléfono. Yo comenzaba a desesperarme e intentaba recordar dónde lo había dejado. Varios jóvenes me ayudaron a buscarlo, pero no aparecía.
El primer anciano de la iglesia me vio muy preocupada y me preguntó si me sucedía algo. Le dije que mi teléfono había desaparecido de la última banca y que ya lo daba por perdido. Empezó la Escuela Sabática y yo seguía pensando en el celular, mientras que en mi corazón le rogaba a Dios que me ayudara a encontrarlo porque tenía cosas importantes grabadas en él. No lograba entender por qué alguien me había sustraído el celular en la iglesia.
Antes de que comenzara el culto divino, elevé una oración contándole al Señor mi problema. Luego me dirigí al cuarto pastoral y allí encontré a mi hermana. Después de saludarme me dijo que mi teléfono había aparecido. En cuanto escuché aquello me tranquilicé y le agradecí al Señor por haber respondido mi oración.
Quizá te parezca algo insignificante el extravío de un teléfono, pero entendí mediante aquel suceso que Dios nos ayuda aun en las cosas más pequeñas. Jesús está dispuesto a ayudarte hoy. Ora con fe y él responderá a tu necesidad.








Un Invitado de Honor

Yo estoy a la puerta y llamo; si alguno oye mi voz y abre la puerta, entraré a él y cenare con él y él conmigo (Apocalipsis 3: 20).

Siempre he mirado el privilegio que tuvieron los discípulos de caminar y compartir sus vidas con Jesús. A veces me he preguntado: «¿Por qué será que no podemos en la actualidad ver y experimentar la presencia de Jesús como ellos lo hicieron?». ¡Qué gran gozo debe haber sentido asimismo los que fueron sanados o tocados por las manos del Maestro!
¿Te imaginas que Jesús acudiera a tu casa como un invitado especial y que pudieras prepararle una rica comida? Lo más probable es que buscarías la mejor receta y sacarías tus mejores platos y cubiertos porque él iba a estar sentado a tu lado. También creo que le pedirías que se quedara a dormir en tu casa. De ser así probablemente le arreglarías muy bien una habitación y lo atenderías como a un huésped de honor. Asimismo, al saber que él está en tu casa, te sentirías confiada y segura por su protección.
Pensar en el Maestro me hace anhelar su segunda venida. ¡Cuánto deseo estar con mi Jesús! Será algo maravilloso vivir por siempre en la compañía del Señor. Jamás tendremos necesidad de nada. Los temores, la tristeza y la soledad desaparecerán. También será muy agradable poder abrazarlo y sentir que sus manos nos rodean con ternura. Su presencia nos dará la seguridad de su constante protección.
Nuestro hogar será un oasis en el desierto si cada día invitamos a Jesús a morar con nosotros. La vida en la tierra es el comienzo de la vida en el cielo. Invitar a Jesús cada día a nuestras vidas y hogares nos ayudará a sentir su presencia.
Entona hoy este himno:
«Hoy te invitamos, Oh cristo,
Hoy te invitamos a entrar.
Quédate con nosotras y enséñanos a orar.
El día ya comienza. Ya ha salido el sol.
Quédate con nosotras y enséñanos a orar».
Recuerda que al orar y cantar estarás invitando a Jesús pura que forme parte de tu vida. Tú también puedes recibir hoy al mejor invitado de honor: ¡a Cristo Jesús!













UNA MUJER DE VALOR

Tampoco queremos, hermanos, que ignoréis acerca de los. que duermen para que os entristezcáis como los otros que no tienen espera. (1 Tesalonicenses 4:13)

Mi abuela siempre fue una mujer llena de valor, de fe, de amor y sabiduría, La recuerdo como una persona fuerte y segura en Cristo, que siempre mostró su amor por cada uno de sus hijos y nietos, así como por cada integrante de su familia. Era una mujer muy amada por sus hermanos de iglesia. Ella siempre afirmaba que se mantenía orando por todos nosotros.
Recuerdo que nos hablaba de las cosas que Dios tenía preparadas para nosotras, aun cuando mi hermana y yo todavía estábamos pequeñas y no asistíamos a la iglesia. Nos cantaba himnos, nos enseñaba a orar, y eso a mí me agradaba mucho. Años después, aunque habíamos crecido y aún no habíamos entregado nuestras vidas al Señor, ella continuaba preocupándose por nosotras.
En el año 2001 mi abuela falleció. Toda la familia lloró la pérdida de una persona tan querida y destacada. Se fue al descanso con valor y paz, mientras en su rostro se dibujaba una sonrisa. Yo sé que sonreía porque experimentaba la paz de Dios incluso en sus últimos momentos. Hoy, gracias a su influencia y al amor de Dios, somos miembros de la Iglesia Adventista. Ahora que ella no está, pienso en lo contenta que estaría al ver que servimos a Jesús.
No estoy triste porque sé que algún día volveré a abrazarla y a mirarla, y podré decirle: «Gracias, abuela, por enseñarme a amar al Señor», a ese mismo Dios que nos volverá a reunir. Es algo que el Señor ha prometido y no dudo ni un instante que veré a esa gran mujer con una sonrisa en su rostro, feliz de que sus hijos y nietos hayan seguido a Cristo para estar unidos por la eternidad con nuestro Redentor.
Hemos de entregarle nuestra vida y nuestros corazones a Jesús, quien vivió y murió por nosotros. Confiemos cada día en sus promesas. No esperemos a que nos llegue una prueba o un momento difícil para aceptarlo. Aferrémonos a él y pidamos su dirección esta mañana, rogando a Dios que haga su voluntad en nosotras, ya que únicamente él conoce las necesidades de nuestro corazón. ¡Es el momento de mostrar al mundo el amor que Jesús siente por cada uno de sus hijos!















































ABRE TUS SENTIDOS

Los aceites y perfumes alegran ti corazón (Proverbios 27: 9).

Hay aromas que nos traen a la memoria personas y lugares. A mí, por ejemplo, me encanta el aroma de la canela, y el del aceite de coco, el aroma del pino o el olor a tierra mojada cuando llueve después de un período seco. Probablemente tú también disfrutas de otros aromas.
Sin embargo, existen olores que me son totalmente desagradables. Por ejemplo el olor de la guanábana, pero el que menos soporto es el de la papaya. Tal vez estás frunciendo el ceño por estar en desacuerdo conmigo, pero esa es la verdad, el olor de la papaya ¡me enferma!
Para que te hagas una idea de lo mucho que me afecta dicho olor mencionaré algo que me sucedió hace un tiempo. Recuerdo una mañana en que nos disponíamos a disfrutar de un delicioso desayuno. Ocupé mi lugar en la mesa asignada y me dispuse a participar de los alimentos. Luego, una última persona se integró a nuestro grupo, pero antes de que pudiera contestar su saludo, se me paralizó el cuerpo a causa de mi gran fobia. Sí, había captado el olor a papaya. Sentí como que el mundo se me venía encima. Intenté con disimulo mover mi silla hacia un lado, y para colmo el viento soplaba en mi contra. Nada parecía funcionar. Las náuseas no se hicieron esperar. Las lágrimas se me salían y no podía tragar. Tuve que alejarme del lugar apresuradamente.
Nuestro sentido del olfato por lo general no nos traiciona. Por ejemplo, al percibir un olor a humo o a quemado pensamos en un incendio, o quizá sea un aviso de que los frijoles se están quemando. De igual forma cuando percibimos que hay algún problema utilizamos una frase muy común: «Esto huele mal».
Desde luego existe un aroma inconfundible, el que asociamos al «lirio de los valles»: un perfume agradable y exquisito. Cierra los ojos y permite que el aroma de Jesús llene todo tu ser, que el perfume de la «rosa de Sarón», el aroma de la salvación te acompañen en todo momento.
Permite hoy que tus sentidos perciban el inconfundible aroma que se asocia con Jesús.












TESTIFICANDO EN TODO LUGAR.

Pero recibirás poder cuando haya venido sobre vosotros el Espíritu Santo, y me seréis testigos en Jerusalén en toda Judea, en Samaria y hasta lo último de la tierra. (Hechos 1:8).

Hacía poco que me había unido al equipo docente de una escuela secundaria católica. Cómo el director era protestante se nos permitía a los maestros que profesáramos diferentes religiones dirigir los devocionales, Yo deseaba compartir aún más mi fe, por lo que decidí invitar a mis compañeros a un momento especial durante la hora del almuerzo. En aquellos encuentros leíamos la matutina y discutíamos la lección de la Escuela Sabática. Muchos de mis colegas se familiarizaron con las creencias adventistas por ese medio.
Una de mis compañeras acababa de regresar de su licencia de maternidad. Había tenido mellizos, pero las criaturas no habían sobrevivido y ella se encontraba muy triste. Se me ocurrió regalarle un libro que la ayudara a enfrentar su dolor, así que al día siguiente le entregué uno que había encontrado en la oficina de mi esposo, recomendándole que lo leyera mientras buscaba en su Biblia los textos mencionados. La semana siguiente me dijo que el libro estaba muy interesante y que había aprendido bastante respecto al sábado. Entonces la animé a que asistiera a una serie de reuniones evangelizadoras que se estaban celebrando brando en un barrio cercano a su hogar.
Transcurrieron dos semanas. Una mañana, mientras caminaba por uno de los pasillos, mi amiga me llamó diciéndome: «Hermana Wellington». Me resultó extraño que me llamara «hermana», pues no acostumbraba hacerlo. Luego me dijo: «Me bauticé anoche en una iglesia que está cerca de mi casa», por lo que nos abrazamos y nos besamos.
A la semana siguiente me encontré con su pastor, quien me dijo que le había sorprendido lo sucedido la noche del bautismo. Al concluir la ceremonia él preguntó si alguno de los presentes deseaba ser bautizado. Mi amiga pasó al frente diciendo que ella estaba lista para el bautismo. El pastor le explicó que sería conveniente que recibiera algunos estudios bíblicos adicionales, pero mi amiga le contestó que ya había recibido suficiente instrucción durante el momento especial que yo dirigía en la escuela durante la hora de almuerzo.
Aprovechemos cada oportunidad para testificar en cualquier lugar donde nos encontremos, ya que como dice el texto de hoy podría representar nuestra «Jerusalén». Quizá no tengamos que llegar «hasta lo último de la tierra».








MALOS Y BUENOS CONSEJOS

Te ruego que permitas que tu siena hable a tus oídos, y escucha las palabras de tu siena (1 Samuel 25: 24).

Es un privilegio ser mujer, aunque en algunas partes del mundo las mujeres sean tratadas como seres inferiores y enfrenten grandes limitaciones para su desarrollo personal y su desempeño profesional. En términos generales la mujer del siglo XXI ha dado un gran paso en todos los sentidos en la mayor parte del mundo. En la actualidad apenas existen barreras para que las mujeres opten por la carrera que deseen cursar. Tampoco existen profesiones en los países desarrollados que sean exclusivas de los hombres, ya que por ley las puertas están abiertas para ambos sexos.
En la Biblia vemos a algunas mujeres que ejercieron su mi influencia sobre otras personas a través de buenos consejos. Por otro lado, los consejos de algunas de ellas no siempre fueron los mejores: Eva influyó sobre su esposo para que desobedeciera a Dios; Jezabel aconsejó mal a su esposo para que adorara ídolos y diera muerte a Elías, el profeta del Señor; la esposa de Job le dijo que maldijera a Dios y que luego se muriera.
Entre las mujeres que supieron dar buenos consejos y tomar decisiones apropiadas encontramos a Abigail, una dama que salvó a los miembros de su hogar del enojo de David. Notemos la impresionante declaración que ella le hace a David: «Jehová te ha impedido [...] vengarte por tu propia mano» (1 Sam. 25:26).
«Las palabras bondadosas son como rocío y suaves lluvias para el alma. La Escritura dice acerca de Cristo que se concedió gracia a sus labios, para que supiese "hablar en sazón palabra al cansado". Y el Señor nos ordena:
«Sea vuestra palabra siempre con gracia [...], a fin de dar gracia a los oyentes» (El hogar cristiano, p. 395).
Permitamos que en todo momento nuestras palabras tengan como objetivo el bien. Pregúntate: «¿Cómo afectan mis consejos a mis amigos y amigas, e incluso a mi esposo?».
Querido Padre, ayúdame para que mi influencia sobre las personas que me rodean sea positiva.










CONFÍA EN DIOS.

Confía en Jehová con todo tu corazón y no te apoyes en tu propia prudencia. Reconócelo en todos tus caminos y él hará derechas tus veredas. (Proverbios 3:5-6).

La conocí cuando ella cursaba el tercer grado de la escuela primaria. La niña tenía aproximadamente ocho años y era tranquila, expresiva y conversadora. Todo parecía transcurrir de manera normal hasta que supuestamente un familiar abusó de ella.
Una mañana la niña le contó a su maestra que su padrastro la había acariciado en forma indebida. La maestra se mostró interesada en el caso y frecuentemente le preguntaba a la niña si el problema se repetía. La niña contestaba utilizando una mezcla de verdades y fantasías. La profesora decidió citar a un representante de la familia, ya que la madre trabajaba y no podía acercarse en el horario escolar. Hablaron durante largo rato, y llegaron a la conclusión de que todo aquello parecía estar en la imaginación de la pequeña. Pronto el episodio fue olvidado. Sin embargo, los casos reales quizá son muchísimos más que los imaginarios o ficticios.
Mi trabajo como orientadora en instituciones educativas me ha permitido ayudar a niños que son víctimas de esta moderna epidemia, así como a sus familias. Las personas afectadas reciben consuelo y fortaleza al saber que en Cristo pueden ser perdonados y restaurados. Sin embargo, mi llamado es para que nosotras, como madres y como parte de esta iglesia, prestemos especial atención a lo que los niños y niñas nos dicen. Algunas quejas o comentarios podrían ser un grito silencioso provocado por el horror que están viviendo. Si confiamos en nuestra prudencia quizá no les prestemos la ayuda que ellos necesitan. Como adultos creemos que los niños solo saben mentir y rehusamos pensar que un horror así podría afectar a nuestros hogares.
Al aconsejar a personas que están sufriendo una situación parecida les digo: «Si creemos plenamente en Dios y nos entregamos por completo a Jesús, él nos permitirá seguir adelante a pesar de todo lo que haya sucedido. Debemos reconocerlo en todos nuestros caminos para que sea él quien enderece nuestras veredas». Hemos de orar por aquellas personas que necesitan de nuestra ayuda.
Gracias, querido Dios, porque haces que nuestra vida tenga sentido y porque siempre estás dispuesto a enderezar nuestras veredas.











UNIÓN Y ARMONÍA

Ruth respondió: «No me niegues que te de je y me aparte de ti, porque adondequiera que tú vayas, iré yo, y dondequiera que viva viviré. Tu pueblo será mi pueblo y tu Dios, mi Dios» (Rut 1: 16).

Cada otoño se puede observar en algunas regiones de Norteamérica la emigración de los gansos. Estas aves se dirigen a lugares menos fríos con el fin de pasar el invierno. Vuelan formando una V, lo cual es bastante interesante.
Se ha comprobado que cuando cada ave bate sus alas produce un movimiento en el aire que ayuda al compañero que está detrás. Al volar en forma de V, la bandada es mucho más eficiente que si cada ave lo hiciera por sí sola. Si un ganso abandona la formación notará de inmediato la resistencia del aire. Al darse cuenta de que requiere más esfuerzo volar de manera independiente regresará a la formación con el fin de beneficiarse del esfuerzo realizado por el compañero que está delante de él. Si el puntero del grupo se cansa, pasará a uno de los lugares de atrás para que otra de las aves tome su lugar. Los gansos te mantienen graznando para alentarse mutuamente y para mantener un ritmo apropiado.
El vuelo de los gansos es una evidencia de la sabiduría del Creador. Asimismo, la unidad de la iglesia debe ser también una muestra convincente de que Dios ha enviado al mundo a Jesús. Ese es un argumento que los incrédulos no pueden refutar, es por ello que Satanás trata de impedir la unión y armonía en la iglesia y en los hogares. Intenta que la apostasía, la disensión y la contienda entre los que profesan ser cristianos, impacte a los no creyentes para que continúen en su indiferencia.
Observemos el instinto que, en su sabiduría, Dios puso en los gansos. Testifiquemos acerca de nuestra fe buscando la unidad. Mantengámonos unidas para animarnos y apoyarnos, dando buen testimonio de lo que creemos. Practiquemos el espíritu del cielo y olvidemos nuestras diferencias, formemos un grupo unido, enfrentando toda situación, por adversa que sea. Tomemos en cuenta los sentimientos ajenos. Ojalá que seamos una bendición para quienes nos rodean y que hagamos del paso de los años algo placentero.








NUNCA ESTARÁS SOLA

Dará también juntamente con la prueba la salida, para que podáis soportaría (1 Corintios 10:13).

Satanás desea que nos consideremos incompetentes, sin valor y abandonadas por Dios. Sin embargo no importa lo grave que sea la situación, la presencia de nuestro Padre Celestial no nos abandonará. Nunca estaremos solas.

¿Recuerdas que cuando nuestro Señor estuvo en la cruz lo rodeó una densa oscuridad? ¿Sabías que, aun en medio de aquella oscuridad, él no estuvo solo, sino que su Padre lo acompañaba? «En esa densa oscuridad, se ocultaba la presencia de Dios [...] y sus santos ángeles estaban a su lado. El Padre estaba con su Hijo. Sin embargo, su presencia no se reveló» (El Deseado de todas las gentes, cap. 78, p. 714). Amiga, ¿no es maravilloso saber que nuestros sentimientos y emociones no condicionan el amor, la presencia y la dirección de Dios? No importa cuántas experiencias negativas hayamos vivido, nuestra actitud ha de ser la misma de la escritora estadounidense Mary Gardiner Brainard: «Prefiero caminar con el Señor en la oscuridad, que sola en la luz».

Hace algún tiempo oí a un predicador decir que muchas veces Dios permite que nuestros sueños y ambiciones sean deshechos para que su perfecto plan se cumpla en nuestras vidas. Tengo que admitir que después de mudarnos a nuestro nuevo hogar, algunos de los sueños que al principio abrigué se han desbaratado. Aun así, reconozco que los planes de Dios para mi hogar son mejores que los que yo podría haber ideado. Es por ello que he decidido entregar al Señor el control de mi vida, sabiendo que a su debido tiempo él hará posible todo lo que sea mejor para mí.

¿Se han truncado algunos de tus sueños? ¿Acaso te sientes sola y con miedo? ¿Te parece que el peso que descansa sobre tus hombros es más grande que tus fuerzas? Entonces te invito a que nos sentemos a los pies de Jesús. Acudamos a él cada día, cada hora, cada instante que nos sintamos desfallecer. Él ha prometido consolarnos y sostenernos. Entrégale tus sueños y tus esperanzas y permite que él los convierta en algo hermoso. Recuerda su promesa: «No te desampararé ni te dejaré» (Heb. 13:5).

Descansa al saber que no importa lo que suceda en tu vida o la forma en que te sientas, ¡nunca estarás sola!

Toma de Meditaciones Matutinas para la mujer
Una cita especial
Textos compilados por Edilma de Balboa







MÁS QUE PALABRAS

Y yo dije: «¡Ah, oh, Señor Jehová! ¡Yo no sé hablar, porque soy un muchacho!» (Jeremías 1:6).

Un Sábado, después del culto divino, nos dirigimos hacia el comedor de nuestra iglesia. Uno de mis primos, que para esa época tenía ocho años, no nos acompañó sino que se fue a un terreno baldío colindante. Mi primo, además de ser un chico tranquilo e inteligente, manifestaba un gran interés por los insectos y los reptiles.
Al llegar a la casa aquella tarde mi primo traía en su bolsillo una lagartija pequeña, nada graciosa a mi parecer. Su papá le consiguió un recipiente de vidrio bastante grande para que la pusiera allí. A los pocos días la lagartija ya se había convertido en el centro de atención: le llevábamos grillos y gusanos, y colocamos un recipiente con agua en su «jaula». Pasaron los meses y, debido a que mi primo olvidaba alimentar al animalito, yo me convertí en su proveedora y protectora.
En una ocasión tuvimos que salir de la ciudad durante tres días, así que le dejamos varios grillos, le cambié el agua y la coloqué en el patio de atrás para que estuviera en un lugar más fresco. El domingo, cuando regresamos, salí a ver la lagartija. Al darme cuenta de que estaba muerta me sentí muy mal y a la vez culpable. Llamé a mi primo para comunicarle lo sucedido. Al ver sus lágrimas me di cuenta de que él también lamentaba la muerte del animalito. Lo tomó en sus manos, lo llevó hasta el jardín y cuidadosamente cavó un agujero en la tierra para sepultarlo.
Traté de disculparme por lo sucedido, pero las palabras de mi primo me asombraron: «Tranquila, tú no la mataste. No hay nada que perdonar». Así nos habla Jesús cuando intentamos aceptar nuestros errores, nos humillamos y derramamos lágrimas de arrepentimiento: «Tranquila».
Deposita tus penas y culpas a los pies de la cruz. Jesús se olvidará de ellas, de la misma forma en que lo hace un niño.











EL AMOR Y LA GRATITUD

Recréate siempre en su amor. (Proverbios 5:19).

Se cuenta la historia de un árbol muy frondoso que regalaba a todos el frescor de su sombra, el aroma de sus flores y el canto de los pajarillos que anidaban en él. Había también un niño que conversaba a ratos con el árbol, contándole sus vivencias. Pronto, el pequeño se convirtió en un adolescente. Un día el árbol lo vio a lo lejos y lo llamó.
—Amigo, acércate para que hablemos. ¿Cómo te ha ido? —No tengo tiempo ahora —dijo el muchacho—. Estoy buscando dinero. ¿Tienes dinero para darme?
—No, pero tengo frutos en mis ramas. Llévatelos y obtendrás el dinero que necesitas.
—Buena idea —y acto seguido el joven cargó con todos los frutos, incluyendo los que aún no estaban maduros, y se fue.
El árbol se sorprendió de que no le diera las gracias, pero pensó que el joven tenía prisa. Pasaron diez años, y cuando volvieron a encontrarse el chico ya era un hombre.
—¡Qué crecido estás! — le dijo el árbol—. ¿Cómo te va?
—No me va bien porque necesito una casa. ¿Acaso podrías darme una?
—No. Pero mis ramas son fuertes y con su madera podrías construirla.
El joven cortó las ramas del árbol y se alejó sin pronunciar palabra o mostrar un gesto de gratitud. Con el tronco desnudo, el árbol se fue secando. Algún tiempo después vio venir a su conocido y le dijo: —¡Hola! ¿Qué necesitas esta vez? —Quiero viajar. Pero, ¿cómo podrías ayudarme? Ya no tienes ramas ni frutos que pueda vender.
—No importa —dijo el árbol—, puedes cortar mi tronco. Con él quizá consigas construir un bote para hacer tu viaje.
—Buena idea —dijo el hombre. Horas después trajo un hacha y taló el árbol. Construyó un bote y se fue. Del viejo árbol tan solo quedó un pequeño tocón a ras del suelo. Dicen que aún espera a su amigo para que le cuente su aventura o le dé las gracias. No se da cuenta de que ya no volverá.
Hay una gran enseñanza en este relato: algunas personas jamás regresarán donde ya no queda nada más que tomar. Recordemos ser agradecidas y volver siempre al lado de aquella persona que nos ha mostrado amistad y nos ha ayudado en la vida.















MILES DE MUJERES y de niños son abusados por quienes deberían prodigarles amor y cuidado. Cuando el abusador es un padre, un esposo, o incluso un novio, la persona abusada puede sufrir las consecuencias del abuso toda la vida.
El abuso en cualquiera de sus modalidades, ya sea fí¬sico, psicológico o sexual, constituye un atentado a nues¬tra condición de hijos de Dios. Sin embargo, muchas veces la astucia del abusador logra confundir a la víctima para que crea que merece el castigo y que lo recibe por su bien. De esa manera, se acepta el abuso.
Ninguna persona tiene derecho a abusar de otra; los hijos no son propiedad de sus padres, ni las esposas de sus maridos. Todos somos propiedad de Dios, quien es el único que puede disponer de nuestras vidas.
Por lo general los abusadores son individuos con gra¬ves trastornos de personalidad. Necesitan atención psico¬lógica y espiritual especializada. Algunos expertos han encontrado que la mayoría de los abusadores fueron a su vez víctimas de violencia durante su niñez o adolescencia. En sus vidas existe un historial ensombrecido por golpes, insultos, violaciones y otros abusos. Por esa razón no se puede esperar que un abusador corrija su conducta me¬diante el mero ejercicio de su voluntad, sino que necesi¬tará ayuda profesional.
Algunas madres hacen uso de la violencia física, afir¬mando que el niño la merece por mostrar una conducta agresiva o de rebeldía. En ese sentido debemos ser cuida¬dosas y analizar nuestros métodos disciplinarios. Si como madres las únicas herramientas que empleamos para re¬solver problemas de conducta son los golpes y los insul¬tos, quizá estemos abusando de nuestros hijos.
En el caso de un esposo o novio que ejerza algún tipo de violencia física o psicológica para someter a quien dice amar con la excusa de que lo hace por el bienestar de ambos, la mujer sencillamente estará siendo víctima de un chantaje. De ninguna manera dichos actos podrían considerarse como expresiones de amor.
Cada ser humano es especial y por tanto merece un trato respetuoso y delicado. Los golpes, los insultos, los so¬brenombres, las burlas, nos rebajan en nuestra calidad de hijos de Dios y nos alejan del ideal divino.
Erna Alvarado de Gómez


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